Brasil volverá a las urnas mañana, domingo 25 de octubre, para elegir presidente entre Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, y Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal. El mandatario intenta obtener un cuarto período presidencial, mientras que el senador por Río de Janeiro busca llevar nuevamente a su familia al Palacio del Planalto. La segunda vuelta enfrenta dos liderazgos con trayectorias diferentes, pero con una característica compartida: ambos dependen de ampliar su respaldo más allá de sus seguidores convencidos.
Flávio Bolsonaro llega con el antecedente de haber encabezado la primera vuelta. Con prácticamente todo el escrutinio completado, obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula. Esa diferencia constituye una ventaja electoral comprobada en aquella votación, aunque no garantiza que se repita mañana. El presidente compite acompañado por Geraldo Alckmin; el candidato del PL lleva como compañero de fórmula al diputado Alfredo Gaspar.
Las encuestas de la recta final aconsejan prudencia. El relevamiento de CNT/MDA divulgado este sábado ubicó a Flávio con el 50,7% de los votos válidos y a Lula con el 49,3%, una diferencia comprendida dentro de su margen de error de 2,2 puntos porcentuales. Vox Brasil, en cambio, mostró al mandatario con el 50,6% y a su adversario con el 49,4%, también dentro del margen de error. Los estudios coinciden en describir una competencia ajustada, aunque difieren sobre quién aparece numéricamente adelante. Ninguno de esos resultados equivale a un escrutinio ni permite anunciar un ganador.
En términos políticos, esa incertidumbre vuelve decisiva la capacidad de movilización. Cuando la distancia es pequeña, convencer a un elector que piensa abstenerse puede resultar tan importante como conquistar a alguien que todavía duda entre los candidatos. También obliga a leer con cuidado el concepto de voto válido: los porcentajes utilizados para definir al ganador excluyen los sufragios blancos y nulos.
Para Lula, el desafío consiste en transformar su experiencia presidencial en una razón suficiente para renovar la confianza. Gobernar ofrece visibilidad y la posibilidad de mostrar decisiones concretas, pero también concentra el desgaste: el oficialismo responde por lo realizado y por las expectativas incumplidas. Su dificultad política es conseguir que la evaluación de su administración no quede reducida al rechazo que provoca el PT en una parte del electorado.
Flávio enfrenta una prueba distinta. El apellido Bolsonaro le permite apoyarse en una identidad política reconocible, aunque también lo obliga a demostrar qué conducción propia ofrecería desde la Presidencia. Haber terminado primero le da impulso; convertir ese respaldo en una mayoría exige persuadir a quienes pueden cuestionar al gobierno actual sin identificarse plenamente con el bolsonarismo.
La lectura que deja este escenario es que ninguno puede construir una victoria estable únicamente sobre el temor al otro. El rechazo al adversario sirve para reunir votos, pero ofrece pocas respuestas cuando llega el momento de administrar recursos, negociar decisiones y hacerse cargo de sus consecuencias. Una mayoría electoral puede formarse en una jornada; una mayoría capaz de sostener un gobierno requiere acuerdos que la campaña suele dificultar.
Por eso resulta necesario distinguir las posiciones partidarias de los hechos. Las advertencias sobre lo que supuestamente ocurrirá si gana uno u otro pertenecen al terreno de los pronósticos políticos. Del mismo modo, una acusación de campaña no adquiere carácter de hecho probado por su repetición. En una elección estrecha, esa diferencia tiene especial importancia: la intensidad de una denuncia no reemplaza las pruebas.
El balotaje definirá una autoridad, pero no concederá a quien gane la representación exclusiva de Brasil. Si las urnas confirman una distancia reducida, el próximo presidente tendrá enfrente a una porción considerable del país que habrá elegido otro rumbo.
La verdadera prueba comenzará después del festejo. El vencedor deberá demostrar que puede gobernar para ciudadanos que no lo votaron, y el derrotado, que puede ejercer oposición sin convertir cada desacuerdo en una impugnación del resultado. Brasil resolverá mañana quién ocupa la Presidencia; la calidad del próximo gobierno dependerá de cuánto espacio deje esa victoria para quienes queden del otro lado.




