Brasil atraviesa este domingo una jornada decisiva para su futuro político. Unos ciento cincuenta y ocho millones setecientos mil ciudadanos están habilitados para elegir entre Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, y Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal. Además de la Presidencia, se definen seis gobernaciones. Las mesas abrieron a las ocho de la mañana y cerrarán a las cinco de la tarde, con el horario de Brasilia como referencia nacional, coincidente con el de Argentina.
Durante la mañana, Flávio Bolsonaro votó en Río de Janeiro y llamó a sus seguidores a concurrir a las urnas incluso bajo la lluvia. Su intervención mantuvo el eje opositor de la campaña: presentó la elección como una oportunidad de cambio y cuestionó las condiciones de vida durante el gobierno de Lula. Esas afirmaciones expresan la posición política del candidato; no constituyen por sí mismas una descripción comprobada de la situación de todos los brasileños.
El punto de partida electoral es concreto. En la primera vuelta, Flávio obtuvo el cuarenta y siete coma cero tres por ciento de los votos válidos, mientras Lula reunió el cuarenta y cinco coma dieciséis. La diferencia fue de algo más de dos millones doscientos mil sufragios. El presidente llega, por lo tanto, con la necesidad de revertir una desventaja real; su adversario enfrenta el desafío de conservarla y convertirla en mayoría.
Las encuestas previas describieron una competencia todavía abierta. El último relevamiento de Quaest ubicó a Bolsonaro con el cincuenta y uno por ciento de los votos válidos y a Lula con el cuarenta y nueve, dentro de un margen de error de dos puntos porcentuales. Se trata de una estimación de intención de voto, no de un resultado ni de una medición de lo que está ocurriendo hoy dentro de las urnas. El mismo estudio registró niveles elevados de rechazo hacia ambos candidatos, un indicio de cuánto pesa también el voto contra el adversario.
En ese escenario, la movilización puede resultar tan importante como la persuasión. Para Lula, remontar exige ampliar su respaldo más allá de los electores que ya lo acompañaron. Para Bolsonaro, haber terminado primero no alcanza: necesita que la expectativa de triunfo se transforme en participación efectiva. Ninguna transferencia de votos entre la primera y la segunda vuelta es automática.
La disputa también expone un problema que excede a los candidatos. Cuando una campaña se organiza alrededor del temor al otro, ganar puede resultar más sencillo que construir después una legitimidad compartida. Una diferencia estrecha permitiría acceder a la Presidencia, pero difícilmente resolvería la fractura política que atraviesa al país.
Con la votación todavía en marcha, Brasil no tiene un ganador confirmado. La primera definición llegará del escrutinio; la siguiente dependerá de la conducta de sus dirigentes. El verdadero alcance de esta elección se medirá tanto por quién consiga más votos como por su capacidad de gobernar sin tratar a la otra mitad del país como un enemigo.




